Era una tarde cualquiera,
la que pasamos los dos,
los rizos de tu cabellera,
al rozarme me hacian ver a Dios.
El libro de no sé que era,
excusa para el encuentro,
por dudas que te esclareciera,
de las que tampoco me acuerdo.
No pude ver ni las letras,
mientras duró nuestro encuentro
es que ni el tiempo cronometras,
en presencia de tal monumento.
Todo fue casi absoluto silencio,
solo se escuchaba el aliento,
que agitado se escapaba,
de nuestros labios resecos.
Nuestros ojos se encontraron,
y al instante los labios siguieron,
volvímonos uno sólo,
mientras duró aquél beso.
Ella me susurró un te quiero,
al que yo respondí diciendo,
la felicidad hoy adquiero,
debido a este momento.
Asi comenzó nuestra historia,
tal y como aqui lo cuento,
desde entonces y hasta ahora
todo es alegría in crescendo.


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